
ENTREVISTA EXCLUSIVA - TOMAS ELOY MARTINEZ
El nuevo periodismo y el arte de narrar
Uno de los grandes maestros del periodismo latinoamericano actual analiza en exclusiva para NPA, la relación entre periodismo y la literatura, y enciende el debate sobre qué es el “Nuevo Periodismo”.
EN / DIALOGO
* Entrevista: Javier Amorín
Mira de reojo la televisión y hace un leve gesto de fastidio. Ahí se ve ropa interior, un cadáver de una mujer y un móvil en vivo que se extiende en detalles morbosos. “Esto me hace acordar a la cobertura del caso Nora Dalmasso. El periodismo se tienta a menudo por el escándalo. Cuando se cree que el escándalo es información y se pierde la mesura, ya perdés todo: la respetabilidad y la credibilidad”, me descerraja imprevistamente, como rompiendo el hielo con una motosierra. "¿Te acordás cómo se difundían por televisión las publicaciones de las imágenes de la señora Dalmasso?. Ese para mí fue un error grave. Ojo, no estoy a favor de ninguna censura y mi vida es una prueba de ello. Pero sí, estoy a favor de la autocensura que impone el servicio al lector. Primero hay que pensar en qué se está sirviendo al lector. ¿Le sirve esto al lector o estoy sirviendo a mis intereses, a mi necesidad de escándalo?... Eso es lo que marca la diferencia”, aseguró catedráticamente el gran periodista.
Tomás Eloy Martínez comenzó su carrera periodística en su Tucumán natal, en la redacción de La Gaceta. Actualmente es una autoridad mundial en el periodismo y es columnista permanente de La Nación, El País de Madrid y The New York Times. En una entrevista exclusiva, Eloy Martínez se explayó sobre las transformaciones que suceden como consecuencia del fenómeno tecnológico-instantáneo y, principalmente, sobre cómo responden a esos cambios los diarios, tanto en Estados Unidos como en Inglaterra o en Francia y, en menor medida, en Argentina.
Periodismo y Literatura
“Periodismo y literatura están fuertemente imbricadas e interrelacionadas. No hay ningún escritor y poeta hispanoamericano, ni latinoamericano, que no haya sido a la vez un periodista en algún momento de su vida”, dijo. A modo de ejemplo, señaló a Pablo Neruda, César Vallejo, Gonzalo Rojas, Octavio Paz y Jorge Luís Borges como autores simultáneos de trabajos periodísticos y literarios. “Ambas profesiones se han dado en América Latina, tal vez por las coyunturas que hemos vivido y en las cuales el escritor se ha visto obligado a cumplir con un rol social”, arriesgó Martínez.
El autor de los libros “El sueño argentino” y “Réquiem por un país perdido”, que reúnen algunos de sus artículos periodísticos, resaltó que los diarios pierden la batalla por la rapidez de la noticia.

- El periodismo narrativo puede ser una de las armas para pelear esa batalla?
- Sí. Ultimamente estoy haciendo mucho hincapié en eso, pero también hay que contar las dificultades que tiene el periodismo narrativo para expresarse y las trampas en las que se puede caer con el periodismo narrativo. No es un género fácil de dominar. En mi opinión es el último peldaño del periodismo gráfico, al que sólo han llegado unos pocos, como Walsh o Arlt.
- ¿Cuáles son esas trampas?
- No todo se puede narrar y no todos podemos narrar. Es decir que cuando un periodista que no sabe narrar se dispone a narrar hechos, sucede que los desvirtúa o los empobrece. Por ejemplo, si cree que tiene que escribir muy bien lo llena de "floripondios inútiles". Entonces, ese es un riesgo que sólo pueden apreciar los editores, los jefes de redacción que dirán:“Hasta aquí se llega. Esto se narra”. Hay gente que por hacer relato o narración te cuenta una sesión del Senado y te habla del color de las medias de un senador, que no tiene ningún sentido. Son cosas que no tienen que ver, pero si el color de las medias del senador le hacen perder la paciencia a otra senadora o a un senador que está enfrente o disgustan o estallan a la vista o crean un conflicto generalizado entonces sí tiene sentido. Por ejemplo, yo diría que una buena crónica sobre la cara impasible de Carlos Carrascosa y las dos o tres muecas que desliza durante las 14 horas que duró la lectura del fallo es interesante si se quiere hacer un relato del juicio oral. Es decir, hay que saber qué narrar y no cualquiera sabe qué narrar. Esa es otra cosa importante.
- ¿Cómo evalúa al periodismo argentino actual?
- Puedo notar dos problemas que me parecen muy graves. Primero, la falta de audacia de los empresarios para arriesgarse a crear nuevos medios, donde este tipo de periodismo tenga cabida y estoy haciendo mucho hincapié en esto en todas las notas y conferencias que doy. De la falta de confianza de los empresarios en sí mismos y en el lector y, segundo, sobre cómo va evolucionando este tipo de lectura. El periodismo argentino es de muy buena calidad, pero sucede que el empresariado periodístico argentino no está a la altura de esas exigencias. Es muy conservador, para mi gusto. Claro que hay excepciones. Pero, en general, se arriesga poco. Les falta riesgo; les falta capacidad de creación; les falta aprender a perder para poder ganar.
- ¿Por qué en el país no volvió a haber un medio de comunicación como fue, en los ’60, la revista Primera Plana?
- (En aquel momento) se dio una conjunción muy extraña en la que un grupo de chicos, periodistas menores de 30 años, tuvieron en sus manos un medio para hacer con ese medio lo que mejor quisieran, sin obedecer a ningún tipo de interés. Eso sería ideal para ustedes ¿no? (risas). Pero es una estampa de la época: los jóvenes podíamos ejercer el periodismo con relativa facilidad, ya que había un montón de diarios. Se trabajaba por la riqueza o la grandeza del periodismo, nada más, y con el servicio al lector, en una especie de estado de ida y vuelta, de complicidad con el lector, que quería saber más, y se le decía aquello que quería saber. Y, además, escrito de la mejor manera posible. Ese tipo de periodismo, en efecto, no ha regresado. Pero no sólo en Argentina. De hecho, hay muy pocos lugares donde está ese tipo de periodismo. (Martínez sitúa el mejor momento de Primera Plana entre 1964 y 1969, tras la partida de Jacobo Timerman, que usaba la revista -dijo- para fines políticos). Creo que las únicas revistas que reproducen y que tienen ese nivel son The New Yorker y The New York Review of Books. Son dos grandes revistas que crean ese clima, que tienen esa atmósfera. Aunque a diferencia de Primera Plana, no tienen redacciones propias, sino que conforman redacciones flotantes de colaboradores externos. En una redacción, la fuente central es el mutuo estímulo y la creación de ideas se debe al diálogo.
- ¿Qué cambios han sido positivos en los medios?
- Ahora se ha descubierto que las firmas por sí mismas tienen valor y que esas firmas también atraen a los lectores. Las individualidades venden. Ya no es el mero nombre del diario el que vende. Entonces está concedido ese valor a las individualidades dentro de una redacción.
- Un texto de su autoría (“Los soles oscuros de Tucumán”), que describe la realidad de la provincia, fue el disparador de una polémica, en la que se definió a usted como “ex tucumano”...
- Sí (se ríe). La esposa del gobernador me quitó la ciudadanía. El acto de nacer en un lugar, de criarse en un lugar, no es algo que se dé o se quite. Creo que los únicos que quitaron nacionalidad fueron los comandantes de la dictadura en el 76, pero no se la quitaron a ningún argentino nativo, sino a gente que ellos juzgaban enemigos y que estaban naturalizados argentinos, como Timerman, por ejemplo. Tuve la fortuna, para desgracia de la señora (Beatriz) Rojkés, de haber nacido tucumano. Que me haya declarado “ex tucumano” es un problema de ella, porque a donde voy, se me adjudica la "tucumanidad"; es algo que está conmigo. Si la señora Rojkés me lo quiere quitar, que se quede con mi parte. Yo se la doy. Tengo mucho para dar todavía... (sonríe otra vez).
El nuevo periodismo y el arte de narrar
Uno de los grandes maestros del periodismo latinoamericano actual analiza en exclusiva para NPA, la relación entre periodismo y la literatura, y enciende el debate sobre qué es el “Nuevo Periodismo”.
EN / DIALOGO
* Entrevista: Javier Amorín
Mira de reojo la televisión y hace un leve gesto de fastidio. Ahí se ve ropa interior, un cadáver de una mujer y un móvil en vivo que se extiende en detalles morbosos. “Esto me hace acordar a la cobertura del caso Nora Dalmasso. El periodismo se tienta a menudo por el escándalo. Cuando se cree que el escándalo es información y se pierde la mesura, ya perdés todo: la respetabilidad y la credibilidad”, me descerraja imprevistamente, como rompiendo el hielo con una motosierra. "¿Te acordás cómo se difundían por televisión las publicaciones de las imágenes de la señora Dalmasso?. Ese para mí fue un error grave. Ojo, no estoy a favor de ninguna censura y mi vida es una prueba de ello. Pero sí, estoy a favor de la autocensura que impone el servicio al lector. Primero hay que pensar en qué se está sirviendo al lector. ¿Le sirve esto al lector o estoy sirviendo a mis intereses, a mi necesidad de escándalo?... Eso es lo que marca la diferencia”, aseguró catedráticamente el gran periodista.
Tomás Eloy Martínez comenzó su carrera periodística en su Tucumán natal, en la redacción de La Gaceta. Actualmente es una autoridad mundial en el periodismo y es columnista permanente de La Nación, El País de Madrid y The New York Times. En una entrevista exclusiva, Eloy Martínez se explayó sobre las transformaciones que suceden como consecuencia del fenómeno tecnológico-instantáneo y, principalmente, sobre cómo responden a esos cambios los diarios, tanto en Estados Unidos como en Inglaterra o en Francia y, en menor medida, en Argentina.
Periodismo y Literatura
“Periodismo y literatura están fuertemente imbricadas e interrelacionadas. No hay ningún escritor y poeta hispanoamericano, ni latinoamericano, que no haya sido a la vez un periodista en algún momento de su vida”, dijo. A modo de ejemplo, señaló a Pablo Neruda, César Vallejo, Gonzalo Rojas, Octavio Paz y Jorge Luís Borges como autores simultáneos de trabajos periodísticos y literarios. “Ambas profesiones se han dado en América Latina, tal vez por las coyunturas que hemos vivido y en las cuales el escritor se ha visto obligado a cumplir con un rol social”, arriesgó Martínez.
El autor de los libros “El sueño argentino” y “Réquiem por un país perdido”, que reúnen algunos de sus artículos periodísticos, resaltó que los diarios pierden la batalla por la rapidez de la noticia.

- El periodismo narrativo puede ser una de las armas para pelear esa batalla?
- Sí. Ultimamente estoy haciendo mucho hincapié en eso, pero también hay que contar las dificultades que tiene el periodismo narrativo para expresarse y las trampas en las que se puede caer con el periodismo narrativo. No es un género fácil de dominar. En mi opinión es el último peldaño del periodismo gráfico, al que sólo han llegado unos pocos, como Walsh o Arlt.
- ¿Cuáles son esas trampas?
- No todo se puede narrar y no todos podemos narrar. Es decir que cuando un periodista que no sabe narrar se dispone a narrar hechos, sucede que los desvirtúa o los empobrece. Por ejemplo, si cree que tiene que escribir muy bien lo llena de "floripondios inútiles". Entonces, ese es un riesgo que sólo pueden apreciar los editores, los jefes de redacción que dirán:“Hasta aquí se llega. Esto se narra”. Hay gente que por hacer relato o narración te cuenta una sesión del Senado y te habla del color de las medias de un senador, que no tiene ningún sentido. Son cosas que no tienen que ver, pero si el color de las medias del senador le hacen perder la paciencia a otra senadora o a un senador que está enfrente o disgustan o estallan a la vista o crean un conflicto generalizado entonces sí tiene sentido. Por ejemplo, yo diría que una buena crónica sobre la cara impasible de Carlos Carrascosa y las dos o tres muecas que desliza durante las 14 horas que duró la lectura del fallo es interesante si se quiere hacer un relato del juicio oral. Es decir, hay que saber qué narrar y no cualquiera sabe qué narrar. Esa es otra cosa importante.
- ¿Cómo evalúa al periodismo argentino actual?
- Puedo notar dos problemas que me parecen muy graves. Primero, la falta de audacia de los empresarios para arriesgarse a crear nuevos medios, donde este tipo de periodismo tenga cabida y estoy haciendo mucho hincapié en esto en todas las notas y conferencias que doy. De la falta de confianza de los empresarios en sí mismos y en el lector y, segundo, sobre cómo va evolucionando este tipo de lectura. El periodismo argentino es de muy buena calidad, pero sucede que el empresariado periodístico argentino no está a la altura de esas exigencias. Es muy conservador, para mi gusto. Claro que hay excepciones. Pero, en general, se arriesga poco. Les falta riesgo; les falta capacidad de creación; les falta aprender a perder para poder ganar.
- ¿Por qué en el país no volvió a haber un medio de comunicación como fue, en los ’60, la revista Primera Plana?
- (En aquel momento) se dio una conjunción muy extraña en la que un grupo de chicos, periodistas menores de 30 años, tuvieron en sus manos un medio para hacer con ese medio lo que mejor quisieran, sin obedecer a ningún tipo de interés. Eso sería ideal para ustedes ¿no? (risas). Pero es una estampa de la época: los jóvenes podíamos ejercer el periodismo con relativa facilidad, ya que había un montón de diarios. Se trabajaba por la riqueza o la grandeza del periodismo, nada más, y con el servicio al lector, en una especie de estado de ida y vuelta, de complicidad con el lector, que quería saber más, y se le decía aquello que quería saber. Y, además, escrito de la mejor manera posible. Ese tipo de periodismo, en efecto, no ha regresado. Pero no sólo en Argentina. De hecho, hay muy pocos lugares donde está ese tipo de periodismo. (Martínez sitúa el mejor momento de Primera Plana entre 1964 y 1969, tras la partida de Jacobo Timerman, que usaba la revista -dijo- para fines políticos). Creo que las únicas revistas que reproducen y que tienen ese nivel son The New Yorker y The New York Review of Books. Son dos grandes revistas que crean ese clima, que tienen esa atmósfera. Aunque a diferencia de Primera Plana, no tienen redacciones propias, sino que conforman redacciones flotantes de colaboradores externos. En una redacción, la fuente central es el mutuo estímulo y la creación de ideas se debe al diálogo.
- ¿Qué cambios han sido positivos en los medios?
- Ahora se ha descubierto que las firmas por sí mismas tienen valor y que esas firmas también atraen a los lectores. Las individualidades venden. Ya no es el mero nombre del diario el que vende. Entonces está concedido ese valor a las individualidades dentro de una redacción.
- Un texto de su autoría (“Los soles oscuros de Tucumán”), que describe la realidad de la provincia, fue el disparador de una polémica, en la que se definió a usted como “ex tucumano”...
- Sí (se ríe). La esposa del gobernador me quitó la ciudadanía. El acto de nacer en un lugar, de criarse en un lugar, no es algo que se dé o se quite. Creo que los únicos que quitaron nacionalidad fueron los comandantes de la dictadura en el 76, pero no se la quitaron a ningún argentino nativo, sino a gente que ellos juzgaban enemigos y que estaban naturalizados argentinos, como Timerman, por ejemplo. Tuve la fortuna, para desgracia de la señora (Beatriz) Rojkés, de haber nacido tucumano. Que me haya declarado “ex tucumano” es un problema de ella, porque a donde voy, se me adjudica la "tucumanidad"; es algo que está conmigo. Si la señora Rojkés me lo quiere quitar, que se quede con mi parte. Yo se la doy. Tengo mucho para dar todavía... (sonríe otra vez).
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